sábado, 1 de julio de 2023

Ramón Rubina Gajardo Poeta

Tren a las nubes
Lo que mueve a una locomotora a vapor es el ciclo del agua. La naturaleza, su reproducción, encerrada en un cubículo de hierro para que el agua, antes de volver a su estado líquido, empuje a un émbolo y mueva la ferretería de aquel rinoceronte metálico, al que mi niñez vio desplazarse por los rieles, echando humo por la nariz mientras esperaba a los incautos pasajeros en las infinitas estaciones de aquel mundo, húmedo aún de paraíso. En las noches, desde la casa de mi abuela, podíamos ver su gran ojo de fuego taladrando el túnel lleno de estrellas por donde volaba. Sepan ustedes que, después del crepúsculo, los trenes ya no son rinocerontes embistiendo la lejanía y dándole cornadas a la luz mientras avanzan. No señores. En la noche las locomotoras a vapor se convertían en escamosos dragones, raptaban a los niños y abriendo la puerta de los sueños se los llevaban volando al fondo del mar. ¡Cómo! ¿No lo sabían? Bueno, les contaré que el mar era un estanque azul y lo que hacían estos dragones era abandonar a esos niños en sus jardines, precisamente para que al verse solos lloraran y, con sus lágrimas, el mar tuviera la sal necesaria para llamarse mar. Sólo cuando aquella extensión marina tuvo la sal suficiente, las locomotoras a vapor desaparecieron de la faz de la tierra.
Mi papá, en su niñez, sabía todas estas cosas. Por eso, casi adolescente, se arrancó de su casa, en realidad una pieza de tablas manzaneras, acompañado de su amigo Tomasino. Ambos se subieron al Longino, el famoso tren nortino, rumbo al puerto de Coquimbo donde esperaban embarcarse en un navío carguero, recorrer el mundo y, como los personajes de Joseph Conrad, aventurarse en los mares indescifrables de la vida. Estuvieron a punto de lograrlo. Mintiendo acerca de su edad, por lo demás cosa que a nadie interesaba en ese tiempo, consiguieron la cartola de embarque y para celebrarlo se fueron con su niñez a una función de circo, pues se despedían de ella y nada mejor que la magia de ese mundo de nunca jamás. Mundo en el cual habían conseguido varias patadas en el culo, dadas por los enormes zapatos payasiles, intentando meterse por los bordes de la carpa. Eran pobres y los niños pobres saben que para soñar hay que recibir muchísimas patadas en el culo. Aunque esa vez no fue necesario, pagaron su entrada.
Yo aún los veo. Sentados en las gradas de madera e intentando olvidar el miedo al porvenir, asustados por el fantasma de lo desconocido, en tanto el mar golpeaba las orillas cercanas, redoblando su llamado, cada vez con más insistencia y a ellos fingiendo reír con los tonis, asombrarse con los magos, sobresaltarse con los trapecistas, además de recordar la dura escarcha de la pobreza, colgando del harapiento racimo del cité, donde vivían con mi abuela. Y el objetivo final de su travesía: el pan, Ítaca de los infortunados. Y de todos aquellos navegantes, náufragos del oscuro mar de la miseria. Ahí están los dos, guardándose sus lágrimas, sin mirarse para que la eternidad del amigo no se entere de su flaqueza. El mar, conociéndolo todo, ha indagado el alma humana durante miles de años, entra en la carpa del circo y ellos escuchan el canto de las sirenas. O de Circe, la hechicera, ofreciendo un futuro de riquezas, atrayéndolos a esa otra isla, en el mar de las apariencias, donde esclavos de la avaricia serán convertidos en cerdos, como los amos de este mundo, sin darse cuenta. De pronto suena el pito de otra locomotora, un tren ha llegado al puerto. El mar, con sus encantamientos, traga sables, serpientes de oro, peces de fuego y espejos sin fondo, retrocede con su máquina de nubes. Ambos alzan la mirada y ven, con espanto, que mi abuela, inexplicablemente contaba papá, apareció en el interior del circo. La vieron caminar, levitaba al parecer, pues nunca, a pesar del silencio de los espectadores ante los malabaristas, escucharon sus pasos, ni su voz, ni los gritos con sus nombres, sólo el llanto de vidrios rotos que los buscaba entre el gentío y, para ellos, más fuerte aún que el vozarrón del “señor Corales” anunciando a los leones comedores de gatos, burros y perros en todas las provincias de Chile. Mi padre guardó toda su vida esas lágrimas en el bolsillo de sus camisas. Recordaba que su mamá, sollozando, lo abrazó, junto al Tomasino. Ambos amigos se miraron, uno de ellos debía quedarse. No podían dejarla sola. Y, como hijo, a él le correspondió tal suerte. Luego de despedirse, al borde del muelle, mientras el Tomasino se internaba en el océano, del cual nunca más volvió, papá y mi abuela subieron al tren para regresar a Ovalle. Años después, aún subía al mismo tren, llegaba a Coquimbo, se embarcaba en ese carguero y seguía los pasos de su inolvidable amigo. Pero siempre, antes de embarcarse, alguien lo detenía. Aunque esta vez no era su madre. Éramos nosotros, su familia, llamándolo desde el solitario muelle de sus recuerdos. Entonces bebía y, por ser tal vez su hijo mayor, me miraba con rencor, escuchando el regreso de la locomotora a nuestro pueblo. Y el sonido del mar que, en la desierta playa de aquel sueño, dejaba para siempre los cuerpos resecos e informes de las sirenas muertas.
Pero, curiosamente, fue mecánico de ajuste y montaje en la maestranza de Ovalle, trabajando para los ferrocarriles de Chile. Maestranza donde los destripó como a ballenas, para armarlos nuevamente, conociendo al dedillo su mecanismo de nubes y fuego. Y así lo conocí, sobre un tren, al que yo salía a encontrar en los faldeos del cerro Bellavista cuando volvía a casa, a las once treinta de la mañana. Mamá lo esperaba con el almuerzo listo, nadie podía molestarlo cuando lo hacía. Nosotros permanecíamos en el patio, jugando bajo el damasco, y éramos felices sin darnos cuenta. Me detengo ahora, me siento abrumado por esos años perdidos como los relatos de mi infancia. Más adelante les contaré como realmente conocí mi primer tren, el más inolvidable, el más perfecto y, aunque nunca me subí a su locomotora, soy el maquinista. Con él me pierdo entre las nubes de papel y palabras de carbón, recorro el cielo, entro en mi infancia, vuelvo a la escuela, al patio donde juegan elefantes, camellos, cebras, caballos árabes, ponis, domadores, payasos, malabaristas ¡El circo! ¡El circo! ¡Ha llegado el circo!
Los griegos pensaron mover la tierra con una palanca. Al no encontrar un punto de apoyo fracasaron. No se imaginaron que algo tan sutil como el vapor pudiera tener la fuerza no de mover la tierra, pero sí de levantar y movilizar pesos más grandes que los enormes bloques de sus templos. Durante siglos y siglos la tracción animal, como la humana, fue aplicada para levantar y trasladar los materiales necesarios para construir la civilización. Aunque el viento y el agua, en su forma líquida, fueron esenciales para aquellos menesteres no reemplazaron la tracción animal ni la humana. Ambas fuerzas eran volubles, manejadas por dioses caprichosos cuya ira desataba sequías, tormentas, inundaciones, todas de fatales consecuencias, paralizando el progreso, destruyendo los avances, produciendo hambrunas y, sobre todo, dejándonos a merced de aquellas bestias creadas por los dioses para que entendiéramos a quien pertenecíamos, cuáles eran nuestros límites frente a su reino.
Una tarde, en pleno verano, mientras conversábamos sentados bajo la sombra de un árbol, y capeábamos el sol, el cielo se llenó de nubes tan negras como la sala del Nacional, nuestro cine de niñez. Al mirar aquello, nuestro asombro palideció, vimos a un gran carro de cristal, con ruedas de fuego y tirado por cuatro caballos aún más negros que las nubes recorriendo el aire de los presagios. Sobre él, chasqueando un látigo de muchas lenguas un hombre de armadura, y tocado de plumas brillantes, recorría el espacio dando gritos mientras azotaba a las nubes. Lo seguía una multitud de guerreros emplumados, armados de hondas y lanzas. Con las hondas arrojaban enormes piedras que al atravesar el aire producían una gran luz y caían con gran estruendo en los cerros. Cada vez que el hombre hacía restallar su látigo, esas enormes leguas aullaban, se incendiaban y golpeaban la tierra. Viento y agua. Luz y fuego inundaron el valle. De pronto, el hombre, al darse cuenta de nuestra presencia, detuvo el carro. Sin bajarse nos miró. Nos pareció más sorprendido que nosotros. Tal vez porque podíamos verlo. Luego bajó del yelmo una especie de máscara, tenía forma de perro, para cubrirse el rostro, e intentó golpearnos con su látigo, pero falló, sus lenguas azotaron el pasto reseco y produjeron un gran incendio. Bueno no falló totalmente, al menos conmigo, me dijo el viejo Benito, mostrándome la cicatriz que recorría su mejilla derecha, internándose por el hombro hasta la cadera.
Fue una extraña y larga lluvia. Nadie la esperaba ese verano. Se perdieron las cosechas, la fruta se pudrió, los senderos se cortaron y los puentes carreteros decidieron partir al mar. Los camiones no estaban hechos para esos menesteres de barro y agua. Muchos fueron los que se arriesgaron, en mulas o carretas, tratando de llegar al alimento por huellas y recovecos, pero las inundaciones de los ríos, los despeñaderos de las quebradas, no tuvieron respeto con aquellos arriesgados. Desde mi casa, en un alto, los veíamos pasar como sombras, dando gritos para perderse tras la puerta de la lluvia. Sabíamos que no volverían. No, no morían en alguna orilla del frío, junto a sus animales. No regresaban, pues si llegaban a alguna parte, las cansadas bestias se negaban a la travesía y se quedaban quietos, a pesar de los guascazos, los insultos y los ruegos con olor a aguardiente. Y debían quedarse ahí, mientras sus familias temblaban de hambre y desesperanza. Otros simplemente se devolvían o se extraviaban, apareciendo días más tarde, sin mula, ateridos y hambrientos. Pasaron muchas cosas en esa lluvia ¿Se acuerda Amable? Usted estaba niño, le decía otro aún más viejo ferroviario, como don Benito, mientras tomaban vino y yo escuchando. El rio, enorme por la tormenta, encabritado, salió más allá de sus orillas. En las noches, retumbando, se llenaba de luces y en una de esas, mi comadre Juana, sus hermanos, también yo, vimos un enorme galeón subir corriente arriba. Podíamos escuchar las maldiciones, los gritos, las órdenes y el sonido de las velas del barco azotadas por el viento y el agua. Como estaba oscuro, atisbábamos algunas formas que se desplazaban en la cubierta con faroles en las manos, observando las orillas, las casas en tinieblas que tiritaban, desmayadas por el miedo, tratando de no hacer ruido, evitando los crujidos y redoblando el silencio para que los piratas no desembarcaran ante nuestras ventanas. No sé cómo fue más arriba, pero en la nuestra no se detuvieron.
Así fue, al amanecer empezaron a navegar en el cauce las ruinas de la tempestad. Berreos, relinchos y cuerpos hinchados de animales flotaban en el rio. Entre camas de bronce, muebles destripados, árboles con sus raíces al aire, desvencijo de construcciones, puertas e inútiles ventanas podíamos observar ataúdes corroídos, ya orinados por el tiempo y cadáveres que parecían huir de una desgracia más terrible. Los piratas decían las gentes. Habían desembarcado y saqueado los camposantos a lo largo de la rivera del Limarí, abriendo tumbas, despertando muertos a los que encadenaban, subiéndolos al galeón para venderlos quien sabe dónde, mientras le sacaban el oro de los dientes, aros y argollas de matrimonio. Y luego de acuchillar a los animales, bebiendo sangre fresca de cabras, ovejas, mulares, caballos, machos o gallos cantores, de todo lo vivo encontrado en su camino, y  arrojarlos a la corriente, se devolvieron rumbo a la nada, ese lugar más profundo que el cielo donde surcan alumbrados por estrellas negras. Aunque no es la eternidad. ¿No me cree? No sé, cuento lo escuchado y visto, a lo mejor no es verdad. Pero es cierto. Mientras esto sucedía, horas más tarde, a las seis treinta, después del domingo que le digo, sonó el pito de la maestranza. Entonces los trabajadores, los tiznados, a pesar de nuestras desdichas, y dejando a nuestras familias, acudimos a su llamado. Cruzar Ovalle era otro lance, el agua nos llegaba a la cintura, la gente apagaba la luz y cerraba las cortinas al vernos. Con esos trajes amarillos de látex semejábamos apariciones, seres emergidos de aquellas aguas retorcidas bajo la extrañeza del alumbrado eléctrico y los peces muertos de las sombras esquineras. Pero llegamos. Aun veo las locomotoras, recién despiertas, con sus focos encendidos, echando humo, nerviosas y dispuestas a entrar a la lluvia, rompiendo los muros de la humedad para llevar lo que necesitábamos, cajas de alimento, abrigo y carbón a la ciudad y sus alrededores. El maestrancino, el nuestro, el tren de los tiznados como lo llamaban, pues nos llevaba por la orilla del cerro Bellavista, dejándonos cerca de nuestros hogares. Almorzábamos y nos regresábamos  en su paciencia de coque y humo, parando en cada ocasión y tocando su flauta a vapor. ¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora!, gritaba. ¡Salud!
Así no más era, bajo la lluvia recorrimos las estaciones, dejábamos la alimentación, las frazadas, colchones y carbón. Al llegar, el tren, como sombra bufadora, hacía retumbar la sirena. Eran estaciones abandonadas, el agua, y el pobre inspector, temblando nos recibían. En general los habitantes de los poblados, con la excepción de dos o tres ranchos de adobe, acostados eso sí, para resistir el peso del tiempo, vivían lejos de ellas, tras las lomas, desperdigados como lagartos en el invierno. Pero no sé cómo, apenas el silbato de la locomotora principiaba a sonar, la estación se llenaba de hombres, mujeres, niños, algunos con sus burros, la mayoría de infantería, para llevarse la necesidad a sus rucos de barro pajero. ¿Sabe lo que yo creo? Que se convertían en piedras, durmiéndose acuclillados, abrazándose las rodillas mientras duraban las desgracias, que eran muchas, y despertaban cuando las cosas empezaban a cambiar, sacudiéndose la pedrosidad de su letargo  y salían nuevamente a principiar la vida. Esa noche fue así. Siempre era así.  Aparecían, no otra cosa, en cualquier día y luego se perdían caminando, haciéndose transparentes, agujeros de aire, sostenidos por sus nombres, pues si no los nombrabas no podías verlos. En otras ocasiones se enrollaban bajo el calor, se empiedrificaban y salían a caminar por la distancia al llegar la fresca, después que el equipajero se iba traqueteando al mar. Pero ese lunes, en la tormenta íbamos de estación en estación y en todas la lluvia resultaba diferente, incluso su olor, en algunas el agua era verde, en otras morada con olor a cilantro, a cabra mojada en la siguiente, toda amarilla. La mejor, dónde la Mariquita, todo paico, men
ta, malvarrosa. Ah, era muy linda ella, su cantina parada obligada de los carrunchos. Dicen que no se casaba porque estaba muerta desde joven, virgen murió y, mientras no perdiera la telita, la muerte no venía a buscarla. Un día desapareció. Quién sabe quién fue el suertudo. Pero también en Ovalle entregamos lo importante, bueno al menos a quienes vivían en el cerro, una torta de barro y mierda cuando la lluvia. El canal se desbordaba y, los aledaños, faldeos abajo se llenaban de lo mismo. Tres días. Tres días fuimos y vinimos con el tren. Cuando se terminó el aguacero descansaron las locomotoras, tosían, enfermas tuvimos que repararlas. Sabe, los únicos puentes parados fueron los del ferrocarril, aguantaron, y pa que no se cayeran los trenes pasaban en puntillas. Si hasta daban su pasito de ballet. El último tren se suicidó, eso dicen. 
Resultó, como le dije, que el vapor, etéreo, informe, casi banal y asimilado a lo vanidoso y débil de lo que consideraban el mundo femenino, esa fuerza como un desmayo, amputada del agua, podía levantar pesos y acarrear masas muy superiores a los del esfuerzo humano, cuya energía estaba supeditada al látigo como la del vapor al calor emanado del fuego. Pero fue ignorado y relegado a las cocinas, lacayo de ollas, teteras y parlaefímero que anunciaba el momento del furor de su antiguo amo, el agua, lonja arrancada por los humanos a Poseidón. Así, el hombre y el mulo estuvieron durante generaciones en el mismo nivel social, utilizados como fuerza de trabajo por las castas dominantes. Durante un tiempo, nuestro héroe también fue utilizado en los baños públicos, para la limpieza del cuerpo, desollar contrincantes al poder político, en las representaciones teatrales y encargado de eliminar espinillas. Como ven, atado a actividades secundarias. Los ingleses, piratas del comercio, buitres del oro, entendieron que mejor esclavo que un hombre resultaba el vapor. Pues, en su apariencia debilucha, podía ejercer una fuerza de hércules y realizar los trabajos de cientos de trabajadores, ya el salario miserable existía y la conciencia de la alta burguesía quedaba en paz, abaratando costos, ganando tiempo y recurriendo a la caridad para que el viejo esclavo, ahora obrero mal remunerado, no tosiera sangre en las calles y muriera tras las paredes de horrorosos hospitales. Quede claro, no se culpe al vapor del estado de las cosas del siglo antepasado. Ni al petróleo del estado del siglo pasado, ni de este, a la energía atómica que amanece en nuestro horizonte de comercio y usinas. Este es el problema humano ¡La avaricia! Pero, bueno, en las fábricas comenzó el vapor, en conjunción con ejes, pistones y engranajes a revelar su potencia, sin látigo, sin salario, acuciado por el calor que el hombre aplicaba al agua, la que al sentirse desollada salía gritando junto a su piel, el gas llamado vapor, y pasando por émbolos que lo exprimían realizó el trabajo de cuatro obreros, luego de cien y de miles a través del mundo y las transmutadas industrias. Donde se precisaban veinte cabezas de familia, necesitados de llevar el pan a sus casas, se ocuparon tres. Lo que abarató la mano de obra, que tuvo que ofrecerse a precio de ganga, pues los trabajadores de estas fábricas  sobraron, como en todas las demás, produciendo, por lo mismo, hambruna, prostitución, delincuencia, hacinamiento y sobre todo, explotación y enfermedades. Como también grandes fortunas, mansiones, orgullo, vanidad, usura e indiferencia ante el dolor humano. Además las mejores novelas sobre esta situación denigrante, a la cual estaba sometida la aún llamada clase baja, del escritor Charles Dickens. Si bien el hombre huyó de la explotación rural a la ciudad, en esta no tuvo salida. Las ciudades son círculos concéntricos que a medida que se alejan del círculo más central, acumulan más pobreza en los  círculos más grandes y lejanos. Pocos son los puentes que unen estos círculos, la especialización y la educación parecen ser los más transitados, aunque no resuelven el problema. El ayer explotado, a su vez, explotará al del círculo inferior o ayudará desde su título profesional a que lo exploten. Son los principios los equivocados. No es precisamente una sociedad basada en la economía libre, ni de social mercado, una monja de la caridad. El oro es el becerro, los economistas sus sacerdotes, encargados de explicarnos los oráculos, mientras en la bolsa de valores nos dan o quitan los favores de ese becerro de oro ante el cual se arrodillan, pues no desean derribarlo, a lo sumo darle otra forma, de cerdo de oro o faisán dorado, todas las naciones del mundo. Quizás en este siglo reaparezca el verdadero revolucionario, el que por fin nos diga “El rey está desnudo” y comprendamos que el áureo vestido, tejido por la avaricia, ha sido y es una estafa y el mundo vuelva a ser lo que nunca fue, una comunión entre hombres libres, construyendo la senda de la fraternidad humana, por donde transitemos grabando en cada piedra la ley, la gran ley: “Amaos los unos a los otros”- Tenía yo quince años cuando, subiendo al tren, me lo dijo  Vicente, el viejo anarquista, ferroviario de tomo y lomo en la estación donde esperaba para marcharse, sin equipaje, rumbo al mar de donde no volvió jamás, una tarde de agosto. Entre los rieles, agitando su lámpara, el guarda agujas de Juan José Arreola, corría por las páginas del magnífico relato del mejicano a quién nunca he dejado de admirar.
Mi primer tren, sin embargo, no echaba humo ni pintaba nubes en el cielo del comedor en mi casa. Tampoco necesitaba carbón y me bastaba girar la llave que le daba cuerda para verlo recorrer la parábola de rieles por donde se alejaba, cruzando un puente en su regreso a la estación pintada, al borde de la línea férrea, donde lo esperaba el gentío de cartón con sus maletas, listo para subir a su único carro de pasajeros. Hombres, mujeres, niños y yo, nerviosamente lo mirábamos alejarse, cruzar un túnel, tocar el pito y luego detenerse para volver a traquetear siempre la misma distancia sin paisajes, como planeta alrededor de un sol apagado y eterno. Eso no me importaba, ni a ninguno de los pasajeros que subíamos a él. Bastaba darle cuerda, e instantes más tarde cruzábamos los pastos africanos, observando como los leones rugían entre los elefantes o nos atacaba, en el farwest, la pandilla de Jesse James. A mí me gustaba ir a la India, cruzar los manglares, ver a los tigres y contarle a mi mamá, en la noche, mis aventuras en esos países exóticos. En uno de mis regresos le traje un Kimono, encontrado en la China de los mandarines, el que mi mamá recibió ufana de tener a un hijo tan viajero, el cual le relataba sus aventuras antes de caer rendido y dormirse sin miedo a los selenitas, donde mi tren me llevaba a conocer los misterios del universo. Un día, mientras miraba a la vecina del frente jugar al cordel, mi ferrocarril, cansado de esperarme, o sospechando que ya no era un niño, se marchó para siempre, tocó el pito, los pasajeros de cartón subieron y la locomotora huyó por la ventana, sin mirar atrás, dejando la pintada estación vacía para siempre, con los ojos del boletero muy abiertos, rascándose la cabeza, interrogando a los rieles abandonados y sin saber si tenía que cerrar la boletería, marchándose a casa o debía seguir esperando mi regreso. Nunca más volví. Espero que se haya marchado y su jubilación sea justa. Aunque sospecho que, de vez en cuando, regresa y me espera con mi boleto en la mano.
Una de esas noches, con un sordo chirrido de frenos, llegaron a buscarnos. La calle estaba a oscuras, el toque de queda caminaba por las calles húmedas y un gallo negro anunciaba que no debíamos salir, pues la muerte nos esperaba con su uniforme gris entre las escasas luminarias permitidas en la ciudad. Patearon la puerta. Nos golpearon. Y mientras revisaban nuestros cuartos, entre gritos e insultos, nos dijeron que tomáramos nuestras escasas pertenencias, debíamos “acompañarlos” a la estación. Estábamos asustados. Mi padre, mi madre, mis tres hermanas y yo, sin oponer resistencia, seríamos trasladados a una fábrica, donde aportaríamos la fuerza para la producción. Nada más nos dijeron. Así que, en cuestión de minutos, estábamos arriba del camión donde otros iguales a nosotros permanecían llorosos, con esa máscara terrible que nos pone el miedo ante lo desconocido. Pero sabiendo que lo desconocido tiene un cuarto lleno de dolor para que lo habitemos. Llegamos. Tratábamos de no mirarnos, de no reconocernos y  fingíamos ser otros, avergonzados de ser nosotros mismos, para que el otro no se enterara que también estábamos ahí, en la misma situación. Sintiéndonos culpables, aún sin serlo, y por esa culpa desconocida nos encontrábamos con los demás, que si lo eran, pues por algo estaban ahí. Lo nuestro era una equivocación, sin duda, y con las luces de la mañana se darían cuenta. Habíamos sido buenos ciudadanos, pagábamos impuestos, cumplíamos las reglas, éramos respetables. De eso no había dudas. Podíamos demostrarlo y nuestros papeles estaban en regla. Eran los demás quienes tenían problemas. Seguramente pertenecían a esos grupos que se quejaban, echando a correr rumores o se negaban a cumplir lo establecido y por lo mismo estaban donde estaban. Eso tenía que ser. Muchos de ellos, desde el principio, se opusieron a cuanto nuestras autoridades nos dijeron que debíamos hacer. Eso trajo confusión. Y, finalmente, nos echaron a todos en el mismo saco, pagando justos por pecadores. Ahora, ellos y nosotros, estábamos en el mismo lugar pero, llegada la mañana y comprobaran nuestros antecedentes, todo se resolvería quedando en nada, al menos para quienes teníamos la conciencia limpia. No resultó así. Al presentar nuestra documentación, entre empujones e insultos, nos dijeron que eso carecía de importancia. Figurábamos en las listas y eso si era importante. Quienes insistieron en reclamar fueron golpeados y devueltos a donde estábamos hacinados, tiritando de frio y recluidos en el temor de los unos a los otros. Lo peor comenzó después. La estación donde estábamos comenzó a llenarse hombres armados, vinieron los gritos, para momentos después, entre ladridos de perros, ordenarnos en hileras de mujeres, hombres y niños. Nos daban culatazos, nos golpeaban con cachiporras ya que nuestras familias se negaban a separase. Fue inútil. ¡Aquí las mujeres! ¡Los hombres! ¡Niños y niñas! Mamá fue golpeada, repetidamente. Mi padre arrastrado y sangrando quedó tirado en el andén. Mis hermanas gritaban, pero finalmente cada uno ocupó su puesto. Uno de los pequeños, junto a mí, huyó tras su madre y los hombres que nos rodeaban soltaron a dos enormes perros. Vimos como corrían tras él, abalanzándose y, entre gruñidos, morderlo incansablemente. Parecía un muñeco, tirado de un lado a otro, por las dentelladas. Luego un silbido los apartó. Un grito terrible, un disparo. Y la sangre del niño corriendo en busca de la sangre de su madre, tirada unos metros más allá, sin poder alcanzarla. Todo quedó en silencio. Entonces el pito de la locomotora, mientras se acercaba al andén, resonó como un cisne y la nube de vapor, con su luna rota y húmeda, borró la escena deteniéndose  junto a nosotros. Luego nos subieron a los vagones, casi no hubo resistencia, sólo queríamos mirarnos, tocarnos y hablarnos con los ojos, pero rápidamente desaparecíamos al interior de aquellos carros para animales, a los cuales éramos empujados, quedándonos solos, encerrados en nosotros mismos y escuchando el ruido de las puertas. Absurdamente, en esos instantes, recordé el tren a cuerdas, el regalo de papá en mi cumpleaños, con su andén de cartón y los rieles que volvían con mi tren, después de cruzar un puente, al mismo lugar y yo subía para viajar por el mundo, contándole a mamá mis aventuras imaginarias. No quise llorar, sentí el tracatracatraca del ferrocarril saliendo a lo desconocido, rumbo no sé a dónde. Lo último que escuché, mientras  abandonábamos la estación, fue -¡Judíos de mierda!-
El vapor tenía sus días contados, pero no así lo injusto que sigue perpetuado en lo humano y es una cordillera infranqueable, incluso lo fue para las locomotoras. Esa locomotora que invadía la pantalla del cine provinciano al que acudíamos  recorriendo los paisajes de la revolución mejicana, entre corridos y balaceras para que supiéramos nosotros, los pobres, que allá en la gran nación del norte Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía y otros habían recreado la magnífica y, quizás, la más pura de las revoluciones con hombres de la talla de Emiliano Zapata, Macías y tantos levantados que hicieron de la esperanza reparto de tierra y pan. Aunque después fracasaran y terminaran asesinados, devorados por el polvo o con su cabeza en un frasco ¿o no Pancho Villa? Así fue ese tiempo, con el ferrocarril se inició la época de las revoluciones. El vapor, hijo del agua, trajo el futuro, las desgracias y la esperanza. El tren, impulsado por la energía del fuego y la lluvia recorrió pueblos, ciudades, abrió la conciencia y estremeció la tierra. Unió y desató la tormenta en Rusia, vino a nuestra América, cruzó la India, gravitó en China, escondiéndose luego en las fotos desteñidas de nuestros abuelos. Su largo periplo de rieles nos reunió en las estaciones donde también nos separamos para ir en busca de mejores sueños y de los cuales muchos no regresaron jamás, convencidos que el mañana sólo existía más allá, lejos de esos pueblos sin más tiempo  que borrarse o quedar solos, abandonados a las orillas del mundo.
-¡No te vayas hijo! ¡No te vayas!-
- Es sólo por un momento. Ya voy a volver-
-Así nos dijo ¿verdad francisca?-
-Cierto viejo. Así fue-
A lo mejor estamos muertos y por eso no vuelve-
-¿Y cómo saberlo?-
- Cuando vuelva el tren, ahí lo sabremos-
- ¡Ay!, viejo, el tren es lo único que vuelve-
-Entonces hay que seguir esperando-
-A lo mejor estamos muertos, como dijiste-
-A lo mejor-
El tren recorrió Chile como a un esqueleto solitario al cual le brotaban pueblos y pueblos y pueblos, tan sin gente en su monotonía que duraban el instante en que la locomotora pasaba y uno escuchaba el silencio, su escritura de pájaros quemados en las ventanillas. Luego dejaban de existir, volviéndose polvo y despertando cuando el pito del tren les avisaba de su regreso. Para volverse polvo nuevamente, apenas el ferrocarril se alejaba como un caballo ronco y negro rumbo al océano del cual no tenían conocimiento. Excepto cuando encontraban peces, con aletas de sal y  huesos de piedra, nadando aún en la pecera coagulada de los roqueríos, como si no supieran que el mar sólo existía en los ojos de los muertos. O lo descubrían en esos fantasmas con espadas, mosquetes, grandes sombreros, cubiertos de caracolas y estrellas marinas tan resecas como ellos, a los que los arrieros solían ver en los cerros y esos hombres, acercándose, les preguntaban con voces de herrumbre, soles disecados y aguas muertas, donde quedaba el mar.
-El mar no existe caballeros, contestaban los arrieros, es un sueño que tenemos cuando niños. La tierra es un llano que el sol quema todas las tardes y el rocío vuelve a sembrar todos los amaneceres del mundo. Y esos hombres se alejaban llorando, mientras las aves picoteaban la estela de sal de aquellas lágrimas sin esperanza. Entonces, compadeciéndolos, les gritaban desde sus mulas ¡Pero si se van por ahí, lueguito encuentran el tren, aunque no sabemos para donde va, a lo mejor lo lleva! ¡Y si no, esperan el otro! ¡Los trenes siempre van para algún lado!-
Efectivamente, siempre iban para algún lado, y una de esas veces llegaron a Ovalle, mi pueblo. “Ciudad”, me dice un paisano, y la boca le queda ahí mismo. Para ciudad le falta mucho, le respondo, y para no ser pueblo le sobra poco. Y llegaron casi forzosamente, del árbol tendido de los rieles nosotros fuimos un ramal accesorio, pero necesario. Nos dieron el nombre de ciudad y nos dejaron el fruto de una estación. Y de agregado, por la escasez de trabajo, una maestranza, componedora de trenes, meica de bielas, zurcidora de pistones, sastre de carros, machi de calderas, sobadora de cansadas ferramentas y cuanto trabajo existía en la reparación de aquellas bestias de carga. Mi papá fue uno de aquellos, entre tantos, que las destriparon, reanimaron, armaron, cosieron y levantaron para que siguieran corriendo, atravesaran páramos, ciudades, villorrios, trayendo y llevando mercaderías, frutas, quesos, amores, féretros y animales de cuatro y dos patas por el territorio largo, terremotero, desamparado e injusto que se llama Chile.
-¡Viejo! Viejo!-
-¡Qué!-
-Ya no hay ni olor a tren-
-¿Estay segura?-
-Sí-
-Ahora si estamos muertos-
-¡Ay!, viejo ¿qué vamos hacer?-
-¡Nada! Eso vamos hacer-
De pronto, de algún bolsillo, el tiempo trajo las locomotoras diesel y las de carbón y vapor comenzaron a retirarse o a cumplir labores de segunda. Las estaciones no volvieron a esperarlas, se engalanaron para el mañana, las desecharon como a viejas decrépitas y Ovalle reinició la novedad pueblerina. Los maestrancinos volvieron a su escuela y sus cuadernos se llenaron de la nueva maquinaria, enorme como elefantes, cuya fuerza podía utilizarse para iluminar una población entera. Era el futuro, otra energía movía el mundo y de estación en estación pregonaron lo venidero. Autos, microbuses, camiones, atravesaron el territorio dejando en el aire su cometa de asfixiante petróleo. El vapor se retiró nuevamente a las cocinas, lavanderías y en las viejas teteras de las cocinas a parafina o de leña. Mientras huía tras las nubes, solía contar viejas historias de revoluciones, de viajes al horror de la muerte, llevando a viejos, mujeres, hombres y niños a los campos de lágrimas donde, otros hombres, los convertían peinetas, lámparas o huesos calcinados. Pero las viejas locomotoras no podían subir al cielo, desterradas, permanecieron en lo inmóvil, descascarándose, deshojándose como árboles de óxido, en un otoño sin redención, atravesando mis recuerdos en los que yo, parado al costado de la línea, esperaba a mi padre, a eso de las doce, cuando el maestrancino, viejo tren de patio, refunfuñando me lo dejaba cerca de la casa para almorzar. Y ahí persistía, bufando, echando humo, hasta que aburrido tocaba el pito y la húmeda sirena del vapor se lo llevaba de vuelta a la maestranza, devolviéndomelo a las 18,30, cuando me traía la revista Enviaje, donde conocí por primera vez a Jorge Teiller y a otros poetas que tren arriba geografiaban Chile, y a mis ojos asombrados por las palabras.
Pero todo pasó, esos trenes existen sólo en mi corazón. Las estaciones se fueron tras el vapor. La maestranza, derrotada, se volvió una feria libre. Mi padre acudió al silencio y no volvió jamás. Las locomotoras a vapor, como viejos dinosaurios extintos, se pierden tras la historia y quienes las conocimos también. Habitábamos el ayer y el mañana nos sorprendió con una pedrada en la puerta. Estoy aquí, nos dijo.
Pero estuvimos ahí. Y estamos aquí, en este futuro que agoniza y nos convierte en chatarra de lo que viene, un mundo sin historia, construida por los publicistas, esos profetas del áureo becerro, defensores de sus propias mentiras, construyendo la enorme prisión de la imaginación, el pensamiento y el hombre entero. Un hombre convertido en consumidor y reproductor, con la boca abierta frente al televisor, viajando en su sofá, comiendo papas fritas en bolsa, tomando cerveza y esperando el lunes como esperaban los viejos esclavos la jornada y el látigo. Eligió un amo, el dinero, y paga con sus hijos los favores recibidos. Las revoluciones, esas que viajaron en el ferrocarril, entre el vapor y el humo, fueron derrotadas, junto al carbón, por el petróleo. Las viejas locomotoras, como dije, fueron reemplazadas, como lo será el hombre por la tecnología. Pero el hombre ni siquiera tendrá un lugar en los museos, apiñado, entre basuras, caminará extendiendo la mano por un mendrugo, soñando con la posibilidad que su ídolo áureo abra los ojos y se acuerde de él. Lo que nunca más pasará. Sus amos no lo permitirán, blandiendo sus tarjetas de crédito, sus deudas de plástico, lo devolverán a la realidad. Y el hombre sin Dios, esclavo de sus semejantes, con la boca abierta, los ojos cerrados, esperará un tren a las nubes, pero no tendrá ningún cielo al que viajar.


Autor Ramón Rubina Gajardo.

miércoles, 21 de junio de 2023

ENCUENTRO CON DON SERGIO

  ADORANDO A DIOS

CAPÍTULO  UNO

En busca de lo místico y espiritual por los 90 , tenía un amigo en la misma búsqueda el se llama Marco Taborga, y Don Amable Rubina, en ese tiempo ellos dos ya asistían a un curso de Kinder Planetario Yoga Artesanal Ovalle en La Casa de La cultura de Ovalle , allí el instructor ya que al nunca le gusto que le dijéramos Maestro ...
Las cosas de la vida por un librito blanco, se produce la transformación del total, mirando hacia atrás, como Don Sergio llegó a la casa de la cultura.
Carlos Tapias ( Capitán Araya , porque Capitán Araya en cierto ocasión Don Sergio en un dialogo con Carlos Tapias, le dices tu me embarcaste y te quedaste en la playa ).
Carlos en cierta ocasión se encontró con un hermoso libro artesanal realizado a mano con tapas de lino, La Realidad y le llamó la atención la energía que producía ese pequeño sol resplandeciente, y comenzó a asimilar cada página, allí estaban datos de culturas milenaria, como los árabes explicaban las leyes del Universo.

Cierto día en alguna calle de Ovalle Carlos observó a un señor delgado con un morral cruzado a sus hombros con un cargamentos de soles blancos, eran los libros que el ya conocia,  se produjo un diálogo,  allí pasaron a sentarse en un café.
 Carlos era presidente de La Casa de La Cultura , Don Sergio le explico su vida y a que se dedicaba,  Carlos lo invita a dar un curso a la Casa de la Cultura, el se comprometió realizando el segundo martes de cada mes. Allí fue donde por primera vez llegué por invitación de Taborga y Amable Rubina amigo en la búsqueda.

Pasaron años y surgió una amistad por el paso de los años y allí el me fue relatando como nació un encuentro con un texto clave para el La vida Impersonal.

Era Don Sergio, quien enseñaba el segundo martes de cada mes desde las 20 hrs hasta las 22 hrs, allí el estaba enseñando por Carlos Tapias quien en ese tiempo era Presidente de dicha Corporación , y el se contactó , con Don Sergio, por un pequeño texto de tapa de lino blanco, y hecho en forma artesanal, en una conversación de Don Sergio , con Carlos Tapias, me entere de como se produjo este feliz y cósmico encuentro, ya que el le dijo Capitán Araya, me embarcarte y tu te quedaste en la playa.

El Capitán Araya , nos trajo a este marinero delgado , y con su cargamento de joyas espirituales de edades remonta, que llegaron en ese pequeño velero de velas de papel, a este puerto seco de Ovalle. 
Allí este Almirante Don Sergio Larraín Echenique , nos enseño, muchas disciplinas , y nos heredo muchas riquezas para compartir, y entregar a todos lo que quieran llegar a esta pequeña Isla, en medio del océano .
Le pregunte a Marco como era El Maestro, el decía es un señor de unos 55 años delgado, que vestía en forma sencilla y con un morral, donde llevaba sus textos que el mismo escribía , en cierta ocasión mis pies  el sincronismo me llevo a ese mágico lugar , allí esta el sentado sobre un poncho chilote, con la Luz de una vela sobre una palmatoria enlozada, una pequeña campana de bronce y una flauta dulce, y varios asientos tibetanos, siempre en círculo .
Recuerdo llegue un martes a las 20 hrs, el sentado en sus talones, me comenzó a explicar datos de edades muy remotas , este trabajo es para conectarse con Presente, instante mediante técnicas. Y meditación , los elementos son simples, en el circulo no hay jerarquía no hay maestro, ni discípulos , el que llega al ultimo ese es el nivel del grupo en ese presente, y el trabajo consiste en entregar lo máximo de herramientas para que cada uno pueda alcanzar ese nivel y poder ayudar a otras personas, cada uno irradia su nivel por sus acciones.
En el circulo el con su sabiduría , y bondad, cariño nos va explicando, paso a paso las técnicas para llegar al presente, saludamos y nos colocamos en las manos de Dios.
Explicas y nos entregará hojas de oficios con datos y figuras , nos explicas que tenemos 3 centros Kath, Oth, Path.. Centro Motriz, Centro emocional, Centro Intelectual y que 4 cmts debajo del ombligo tenemos el Punto Kath que se conecta con la tierra, y en ese mismo punto tenemos es un trípode que por leyes físicas nos unimos a la Madre Tierra y somos uno con Ella.
Son 3 Instintos

Conservación
Relación
Sintonía.

Nos explica un axioma cuando 
El Uno esta en el Todo, todo esta en armonía , pero cuando el Todo baja al Uno se produce caos y desarmonía .
En cada clase entrega un cargamento gigantesco de información y nos explicas de su Maestro Oscar Ichazo.

En La Casa de La Cultura, comenzaron a llegar muchas personas tanto de Ovalle , como del extranjero , allí estaba Mabel que tenía todo pintado de color violeta, con un Señor Bruna de Pirque y Don Sergio, y Don Amable Rubina, comenzamos con la Kinerritmia , los primero ejercicios altos de este Kinder, y así fueron pasando los años y comenzaron a llegar y partir personas, Christian Peter Wille , Omar Javier Said Duran , Rebeca Miranda, Ivan Araya, y Señora, Marta, e hijas y nietas, Jacqueline Hernández , Ivan Rubina, Víctor Arena, Edmundo Castillo, Luz Mar, Momo , Mercedes Orellana Lillo con su hija Valentina Yáñez Orellana, su hija Gregoria Larrain, Ana Beatriz Calderon Bustamante , Doris Bustamante y tantos que estaría escribiendo aquí todo el día, y fue pasando el tiempo, y cierto día lo vi por la plaza , iba desde el correo hacia su hogar, y le dije si me dejaba que le ayudará a llegar esos libros tan grandes, y allí conocí su hogar, su convento, que lo cuidaban Gracia, y Satori, y había una persona que fue muy importante en su vida aquí en esta zona en Ovalle la Señora Norma Ferrada, que trabajaba en el hotel Roxi, donde el llegó por primera vez y se quedo a vivir como un año, con su pequeño hijo Juan José , la Sra Norma fue una persona muy importante para el ella trabajaba en su casa de calle socos, y en Tulahuen estaba Aroldo Villaruel , que era como un familiar más, igual que la Sra Norma .
Su casa de calle socos en la ciudad de Ovalle, unas de las casas de Don Sergio Larraín, esta morada el la compro en la década de los 80, era un sitio con algunas matas de uvas, y uno que otro árbol frutal, El quería volver a su época de infancia, cuando vivía, en el fundo de sus abuelitos por parte de su padre del mismo nombre Sergio Larraín García Moreno, El en este sitio de Ovalle, transformó un basural en el paraíso, primero en una citroneta , partió hacia un vivero a Santiago, y llego con sus cargamentos de joyas verdes, que fue distribuyendo en ese sitio abandonado , que era el patio de una mueblería, allí cada rincón, tenia una historia, lo que lo conocieron pueden relatar su historia, en este mismo sitio, ese lugar era un lugar de sanación , era el paraíso, primero había altos muros y nunca se sabía si Él estaba allí o en Tulahuen , o en su ermita en las altas cumbres de la cordillera . Si él te habría esa puerta frente a un pool allí pasabas por una pieza grande de altos muros de piso de madera de pino oregon, y te llegabas toda la luz que venia del patio, pues tenía conchilla traída desde tongoy y guanaquero, allí en medio del patio una mini casita de 2 dormitorio, un baño, y una sala con chimenea con un ventanal de 2 pieza que se presentaba ese jardín majestuoso celestial, con los siguientes árboles frutales, nogales, perales, higuera , membrillo , níspero , naranjos, mandarinos, tunales, morenas , duraznos, damasco, paltos, ciruelo ,parrones, frutillas, y flores rosas, jazmin , violetas, azucenas,flor de la pluma, álamos,sabilas, matas de pitas, pinos que eran hoteles de tantas aves, cañaverales, hiedras, magnolia ,cardenales, olivos, eran tantas naturaleza, vibrando y danzando en calle socos.
En un punto central una palmera, que según las leyendas donde habita un sabio, existe una palmera, y ella aún vive en ese lugar ahora ,si Uds va a ese lugar que ahora es público, la puede mirar, pero sentirá la ausencia del Sabio, y con El su Jardín se proyectó hacia otra dimensión , solo existe en el recuerdo de quien algunas vez, caminaron en el Presente en aquel mágico lugar.

Esta casita de juguetes era para dividir el gran patio, cuando uno salía hacia esa Luz , que el mismo relataba era el sol en el patio, había un pasillo de madera que conducía primero a un baño gigantesco , más allá cambiando de mano hacia la derecha estaba la cocina, y dentro de la cocina un cuarto oscuro, y sobre este cuarto oscuro una pieza donde tenía una biblioteca, después uno salía de la cocina y había una escalera de 3 peldaños, y se abría esa puerta azul de dos hojas otro pasillo con grandes ventanales de pequeños vidrios, que la Sra norma la mantenía como diamante de Luz, , allí las paredes albas el tenia óleos de su autoría, y una colección de grandes poetas, místicos, fotógrafos , pintores, novelistas, toda la sabiduría del planeta estaba en ese pasillo de luz, en eses pasillo se conducía a grandes espacios de luz, en esa gran pieza de luz con sus cristales resplandecientes cual diamante que refleja la luz del astro rey, se llenaban esos pequeños rectángulos transparente de su maravilloso jardín convento danzan las hiedras, jazmines, y cañaverales con sus brazos los bambú sobre el cristal componían melodías de meditación , para mantener ese convento girando en medio del Universo en un eterno presente.
En un costado de esos ventanales de cristal había una puerta de cristal que conducía a través de una escalera, que se podía ascender por dentro de la habitación,o por el patio a su pieza, que el más quería su celda de monje, y que casi nadie conoció , allí el estaba en meditación , allí en esa pieza consagrada para Dios y el mismo también involucrado en esa consagración . En esa casa convento refugio de un gran hombre sencillo, a pesar de toda su sabiduría, y conocimientos en todas las artes, era simple un anacoreta en su ermita, con sus dos patos GRACIA y SATORI, habitantes privilegiado de ese trozo de cielo, lugar sanador para mentes dormidas, allí uno conocía que nada es todo, y que la realidad se toca, y no es verbal. Así fue pasando el tiempo pasaran varios décadas ese jardín fue echando raíces , llegaron aves , mariposas , nubes, lluvias, sol, luna , estrellas, el viento y sus invitados, era el paraíso , una madrugada a las 9 de la mañana en ese mismo jardín , él nos dejó un 7 de febrero de 2012.
Con el tiempo, me dicen que el es un gran fotógrafo , y yo como sacaba fotos, le lleve mis trabajos y el solo lo mira y no omite ningún comentario, pasa el tiempo, en cierto momento lo llaman de la oficina Mabel y le dice si puedes exponer en dicho Centro Cultural, yo con la escoba en mis manos haciendo aseo antes de comenzar la clase de yoga , el me dice que los dos trabajamos para dicha muestra.

Recuerdo el me dijo que fuera por la mañana del día siguiente , allí el llego con una colección libros de su biblioteca personal, allí comenzó a explicarme lo que el sentía en cada fotografía que observa atentamente , y me dice aquí en el salón tiene capacidad para 22 fotografías 11 el y tu las otras 11, me pregunta si se fotografiar e imprimir en blanco y negro , yo simplemente le digo que no , porque no sabia, así que saque las 11 en color, luego en el montaje nos ayudo Felipe Enrique Castillo Carvajal, midiendo y en el montaje junto con la secretaria Mabel , y se realizó la muestra y quedo. Como él decía top top.
Continuamos en La Casa de la Cultura, y seguía el ir y venir de personas.
Un día 14 de Octubre de 1997 a las 22 hrs, estando Don Sergio, la Sra Marta, y yo justo ese día fue martes y nos correspondía , Rodrigo el curso, y comienza un gran Terremoto, que dejó a casi toda la región en el suelo, y se nos vino abajo el lugar donde nos reunimos , hacer Yoga, a pintar, a armar los textos del El Sol de Los Talleres.
Sin tener un lugar donde reunirse, emigramos a una multicancha en la población Villa los Naranjo parte baja, dicho lugar es la multicancha Luis Jure, y aun continuamos en aquel lugar gracias a las personas de buen corazón de aquel lugar.
En aquel lugar os establecimos los días martes, y comenzó a llegar mas personas , como Aquiles, que luego el quedaría a cargo del día martes, hay que señalar que los principios del curso esta que todo tiene que ser hecho como servicio, y el lo hace como servicio, a este lugar llegaron Dayana Angélica Araya Pizarro , Rodrigo Gustavo Molina Julio , Rodrigo Huanca Gatica ,Eduardo Huanca Gatica, Paz Huneeus, Clementina, Paula Izquierdo, con sus padres , y sobrina, Ronald , Ana Avilés , Margarita Ester , Lorena Santibañez Zanforlin, Humberto Larrondo ,etc, etc.
Don Sergio, nos entrego, su conocimiento, en muchas artes, Yoga, Poesía ,nos heredo, toda su sabiduría a todos los integrantes del Kinder.
Nos entregó el método de llevar, la realidad a la tela con un método entregado a el por Adolfo Couve.

Capítulo DOS

Adolfo Couve le entregó el método que con 3 pinceles 8 colores más trementina y aceite de linaza mas trementina , y una tela cada uno era capaz de entrar en meditación con este método al óleo , en ese tiempo Adolfo Couve se suicida en Cartagena ciudad costera de Chile, y se comenzó a trabajar para realizar una muestra en la ciudad de La Serena en el salón Gabriela Mistral, dependiente del Ministerio de Educación , y en esa muestra trabajo Don Sergio Larraín , Christian Peter Wille, Rebeca Miranda, Oscar Gatica Araya, esta exposición se realizó el año 2000 en Memoria de Adolfo Couve , recuerdo la municipalidad de Ovalle nos llevo en furgón fueron muchas personas de Ovalle, en esta exposición nos ayudo Carlos Newman, Don Peri Marín amigo de Don Sergio desde su infancia, la exposición se puede ver en te Facebook en el álbum en Memoria de Adolfo Couve, con el fuimos armar la exposición, mas Rebeca y su esposo, y tenía música de fondo de su gran amigo y persona que el admiro siempre David Ogalde genio de la música , igual que Rodrigo más conocido como Momo.
La exposición fue un éxito , los óleos no tenían autor , ni siquiera salían de donde eran los lugares, era trabajo del Kinder Planetario Yoga Artesanal Ovalle.
El curso continuaba en La Villa Naranjo parte baja, y siempre llegaba gente nueva, Ivan Ramirez, y sus amigos , Ana Aviles
, Miriam ,Angelo Parada Adaros, Daniela Huerta.. En ese tiempo , Luis Poirot, le envía un pequeño libro de fotografía, y a el le parece muy buena la presentación y mira que Editorial es y es LOM , y se comunica con los administrativo de aquella Editorial , comenzó a editar varios libros ; Reconciliación, El Reino , El Manzano, El Reino, En el día, Manual de Auto programación, La Realidad , El Velero, Aquí y Ahora. En ese tiempo se realizaron una exposición en España por gestiones de su amigo Plossu, de dicha exposición a el le enviaron muchos libros que el nos regalo a todos sus conocidos, y continuaba todo como si nada , en el Tulahuen, donde Aroldo Villaruel era su trabajador. ,pero era mas que su trabajador era su amigo, discípulo , guardián , era su seguridad y el estaba tranquilo y sereno esta todo ordenado y tranquilo Aroldo en Tulahuen , la Sra Norma Ferrada, en Ovalle a cargo de su casa de calle Socos, su Convento.
El bajaba a Ovalle una vez al mes en el asistía al curso el segundo martes de cada mes, a retirar plata al banco para pagar a sus medieros, y subir al correo a su casilla 167 , luego pasar por El Kiosko de la Sra Sara Lucy Perez Sanders, desde allí al Café Central o al Café D" Oscar, y de allí caminar a su casa a una cuadra de la Plaza de Armas.
En su Convento con la compañía de Gracia y Satori, allí recibía a sus conocidos cuando el se encontraba en Ovalle, venían muchos del extranjero a conocer la leyenda , el Ser que dejó todo para vivir en la sencillez de un monje, con lo mínimo , su casa no existían teléfono , televisión , radio, era todo sencillo en la sala de la chimenea , tenis colchoneta, y la pared eres su respaldo, una pieza llena de Luz del Universo, esa pieza era con un punto central del Universo, allí había una figura que el la logró haciendo juego con las baldosas celeste y blanca, sus paredes serán de tierra y arena en una estructura de palos de viña y el cielo cañas con barniz , un ventanal que dejaba ver el milagro de su jardín creado por el . En este pedacito de cielo, que habitaron en armonía aves , patos , gatitos, y lo poco visitantes que el le abría su puertas, para decir que es posible el milagro de construir el paraíso aquí en la tierra, el vivió con su hijo Juan José , en este tiempo llego su hija Gregoria o Poki como el la llamaba .El trajo plantas de Santiago y codos que sacaba en cualquier jardín y los arbustos que compraba donde la Sra Digna Estela Pèrez Sanders, era su paraíso en la ciudad.
Y así crecía su paraíso y también sus alumnos del Kinder Planetario, llego recuerdo por el método Mercedes Orellana Lillo, desde la Serena, ella pintaba mejor que todos nosotros, pero quería conocer el método, que era un trabajo al aire libre, Rodrigo Gustavo Molina Julio, Maribel Alejandra Cortez Chandia, Carlos Tapias, Pamela Tello, Christian Peter Wille, Aroldo Montalvan, Ana Beatriz Calderon Bustamante ,Ivan Ramírez , Jorge Rodríguez , Matilde Rojas y mas personas practicamos el método de Couve.
Por invitación de Mercedes Orellana Lillo, Kinder Planetario , con Don Sergio nos dirigimos a La Serena a realizar en dos oportunidades el domingo completo, un trabajo que se comienza con la Psicocalistenia, luego La Pampa, para luego pintar con el Método de Adolfo Couve, luego descanso para alimentarnos, y en la tarde realizamos el curso que continuamos realizando aquí en Ovalle, con la gran ayuda de Aquiles, y las nuevas personas que han llegado al grupo. Terminando como las 20 hrs, este domingo completo lo realizamos dos veces una en La Serena, y otra vez en Coquimbo.
Con El Método más la La Pampa continuamos en ese tiempo practicando en diferentes lugares, Aguas Buenas, Guanaquero,Cerrillo de Tamaya, Camino para El Palqui, Limari, Los Peñones, El Bosque de Chañares en Tulahuen, Combarbala, Huamalata, Villaseca, Punitaqui, Ovalle, Agua Buenas, Estación las Cardas, junto al gran artistas Ovallino Manuel Veliz, el también realizó, La Pampa en el centro de Ovalle, y después practicamos óleo con El Método de Adolfo Couve., Manolo en el en vez de sangre tiene trementina y óleo en su ADN están las tierras limarina, su vida es pintar siempre evolucionando, en la feria modelo tiene un puesto de frutos secos y sus óleos con olor a la Perla del Limari, con Don Sergio y Manolo fuimos a La Estación las Cardas, allí Don Sergio pintó un óleo maravilloso , que después se lo obsequio a Marco Taborga, Taborga fue su primer discípulo en Ovalle gracias a Marco y a Don Amable yo llegue a La Casa de La Cultura, Manolo también su óleo fue muy bueno el mío fue mediocre , no se podía pedir más entre dos excelentes artistas, , yo estaba recién comenzando a pintar al aire libre, y usar la paleta.
Y así fue pasando el tiempo y nos fuimos haciendo más conocido, el grupo fue creciendo, y nos invitó a su casa de Tulahuen, allí fuimos con Don Ivan Araya, un fin de semana, a su Convento . Y tiempo después con Maribel ! Allí también compartimos con Aroldo Villaruel. El allí también recibió a Rebeca Miranda con su esposo, Ana Beatriz Calderón , Riter Iriarte , Philippe Seclier, El escribió un gran libro de nombre Camino a Tulahuen.
En Ovalle continuaba llegando gente como Michael Jones, Daniel Silva, Priscilla Andrea Guerra Silva, Marcela Escobar periodista del mercurio, y un fotógrafo que no recuerdo su nombre, también llegó un fotógrafo de Magnum Photos de nombre Patrick Zachmann.
Cierto día llego una bella Lola que traía dos libros del kínder Planetario, y esta dialogando con Don Sergio, y en plena noche lo fui a visitar, y me encuentro. Con ella, primero me pareció raro, yo llevo muchos años viviendo en esta ciudad y a ella nunca la había visto, se le entregaron libros y se la invito al kínder Planetario, ella nunca llego, con el tiempo nos encontramos con la sorpresas que el diario The Clinic , salía un reportaje de varias páginas sobre Don Sergio Larraín, era

Capítulo TRES

Con el diario The Clinic , voy hacia Tulahuen donde estaba Don Sergio, le explicó que aquella señorita era periodista, y nos engaño a los dos, pero lo que escribió cuando estuvo con Don Sergio, era lo que paso en ese instante, ella entrevistó a varias personas, Don Sergio el primer ejemplar que le llevó Riter Iriarte , lo destrozó en mil pedazo, partía con el mismo temor que el ni leyera el reportaje, así que en la feria de Ovalle me embarque en los buses que suben hacia el poblado de Tulahuen , viaje que dura casi dos horas , por una parajes de gran belleza natural, el bus va serpenteando las grandes montañas se pasa por Sotaqui, Carachilla, Paloma, Montepatria, Flor del valle, Agua chica, Juntas,
Chilecito, Dos Ríos, El Coipo, Las Greda, Caren , Chañaral de Caren, Vado Hondo, El Cuyano, El Peral, hasta llegar a Tulahuen, siempre acompañado por el Río Grande con su caudal majestuoso y que nunca se seca.
Allí me bajo en El Callejón del Guido, y comienzo a caminar su casa es la última de ese callejón, es una casa de adobe con dos ventanas y sin puerta, esta casa la construyó Aroldo, su fiel y sincero trabajador, más que trabajador es su amigo, su guardián.
Golpeó los cristales de una ventana, y me observa desde adentro y sale de la casa, esta casa por la parte de atrás es de dos piso y por adelante deben tres piezas dos dormitorio y una sala, por un portón me recibe y me pregunta porque vine a su casa, le explicó que la jovencita era periodista, y le traía el reportaje , le muestro una fotos de un reportaje que el realizó para el hogar de cristo, era una secuencia de unos niñitos, pidiendo comida, el comienza a mirarckas fotografías sin leer el texto, da vuelta hoja tras hoja y al final hay una foto de valparaiso de los 80, y al lado hay una bella mujer con su parte inferior desnuda de espalda, y se sonríe , dice el mal gusto de los editores del diario. Me dice que le deje el diario y que tenía muchas cosas que hacer, así que me retiró, para separar la próxima micro que baje hacia Ovalle.
El curso continuaba en la sede de la Villa los Naranjos, los días martes, y El asiste a la clase el segundo martes de cada mes, allí la velita en su palmatoria sigue brillando en aquella sede.
Se comienza con el saludo Om y nos colocamos en las manos de Dios, luego se hace el traslado de La Luz , el instructor se lo entrega al de su derecha con la frase Recibe esta Luz hermano/as y bendito/as seas , la última persona la coloca nuevamente en el centro del grupo, así este pequeño círculo en medio de esta ciudad se transforma en espiral y su meditación abarca a todo El Universo.
Aquí se le explica lo que el nos enseño de La Escuela , Don Sergio en los años 68 a 69 en La Ciudad de Arica, junto con un grupo de varias personas , llega a esta ciudad a trabajar con Oscar Ichazo , a quien lo preparan para entregar a la humanidad estos nuevos datos,
Don Sergio nos enseña que no hay Maestros, ni Discípulos , y todos somos capaces y Don Sergio en su inmensa sabiduría le gustaba delegar , y cuando uno enseña lo enseñado se hace propio.
Aquí se comienza a mostrar un gráfico con una figura, humana llena con círculos que llevan una numeración de 1 al 9 , estas figuras se llaman Eneagrama, y representan La Leyes del Universo.
Esta entre la numeración. 9 - 3 - 6 , La Ley Trinitaria, que la representan por un Triángulo Equilatero.
1 - 4 - 2 - 8 - 5 - 7 - 1 es La Ley Septenaria .
Todo en El Universo está en estas Leyes, la Leyes puede ser ascendente cuando hay acuerdo y unión se llega al TODO.
Y si hay caos , desacuerdo se llega a la NADA , todo girar en estas Leyes.
En nuestros cuerpo nosotros tenemos estas Leyes La Trinitaria en nuestro cuerpo dos veces
Primero en 3 Centros son:
1* Intelectual,
cerebro y sistema nerviosos (Path ).
Se ubica en el Coronario
2* Emocional,
corazón , vasos y pulmones . ( Oth )
Se ubica sobre la tetilla izquierda y por ese Centro Dios nos envía La BARAKA
3* Motriz,,
huesos y músculos ( Kath ).
Se ubica debajo del ombligo 4 cms debajo hacia su anterior.
1* Conservación,
en el ombligo, ( donde estábamos unidos con la madre ).
2* Relación,
en la base de la columna.
3* Sintonía / Sexo,
entre el sexo y el año ( El Perineo ).
La Sociedad es una proyección del cuerpo humano.
Los Instintos se proyectan en 3 formas política;
1* Conservación,
en capitalismo; en que la riqueza es lo importante.
2* Relación, en socialismo y comunismo, en que compartir es la cosa.
3* Sintonía/Sexo, en Teocracia y fascismo, en que la meta es lo importante.
Una sociedad/humanidad armoniosa debe tener los 3 factores cumplidos y equilibrado.
Compartir lo que se produce juntos para vivir en paz en el presente, ( como meta ).
Cuando los instintos funcionan bien:
Conservación : Todo es seguro en tu conservación.
( Saben alimentarse bien, ganas dinero en tu profesión etc . )
Relación: Todo es amor en la relación.
Sintonía/Sexo : Todo es consciente en tu sintonía y sexo.
El Ego, ( lo que hace el caos ), son los instintos
que se suben a la cabeza como 3 Problemas:
1* Instinto de Conservación,
sube como miedo y como identificación, ( yo y lo mío ).
Crea las armas, la avaricia, etc.
2* Instinto Relación/Social,
sube como mentira
( imagen idealizada de Si ),
y como consideración, ( llevarle el amén a la mentira de los demás ).
Hace compararse, competir, excederse, en vez de compartir y convivir.
3* Instinto de Sintonía/Sexo,
sube como deseo interminables, y como justificación.
Hace el consumismo, el saqueo, la polución, la promiscuidad, etc.
( Siempre imaginando algo, los deseos; descuidando lo que ES )
estos datos. están en el librito LA REALIDAD,
Del Kinder Planetario Yoga Artesanal Ovalle, luego de explicar los datos de La Escuela se hacen Los Ram, luego Psicalistenia, Las Virtudes para luego cerrar los ejercicios con una saludo Om y luego un Alham du lilah.
Don Sergio continua escribiendo sus grandes textos del kínder planetario, que los manda a imprimir a Santiago a la Imprenta LOM, continua enviando correspondencia a todo el planeta , con su casilla 167 del Correo Local.
El curso esta compuestos de los siguientes pasos:
1 Yoga Artesanal
2 Mentaciones
3 Kine - Neumo.
4 Eido
5 El W U
6 Tantrayama y Reducciones de Ego.
Y los domingos se hace La Pampa, a veces se sale a pintar.
En su casa de Ovalle y Tulahuen , la naturaleza están en su máxima expresión llegan tantos invitados que en las tardes le dan concierto de trinar todas las aves de estos parajes, y las nubes coqueteándole , le trasforman los cielos de ese celeste intenso de las alturas y esas majestuosas montañas se tiñen de colores del atardecer, y comienzan a danzar ellas , que todo puestas a soñado con sus titilar en esos cielos negro con un higo, comienza aparecer El Universo, en aquellos parajes místicos que Dios esta siempre en su hogar, allí esta escribiendo sus textos y armando su curso del kínder planetario, pinta esos mágicos paisajes
Don Sergio recuerda con gran cariño a Hector Frenandez, quien fue el primer adulto que no mentía a Hector Fernández le dedica su libro Clave La Realidad, a Adolfo Couve le dedica su libro En el día, y su última Obra Aquí y Ahora la dedica a TODOS.
En ese tiempo hace varias maquetas de sus libros de el de LONDRES, y una joya que esta en fotocopia VALPARAÍSO o Rosa Inmunda como le llamaba PABLO NERUDA, amigo de Don Sergio con cual realiza dos libros Una casa en la arena, de su casa en Isla Negra, y puso los texto para su Obra culmine VALPARAÍSO. Volviendo a esta maqueta en fotocopias este libro El se lo dedica a sus 3 Maestros
Fotografía. Henri Cartier Bresson
Yoga. Oscar Ichazo
Pintura Adolfo Couve.
Continuamos en su curso del kínder planetario, el asiste a la exposición en El Museo de Bellas Arte, en Santiago , con Mercedes Orellana Lillo, Rebeca Miranda, y Paula Izquierdo, yo voy en solitario a ver Lección de Pintura de Adolfo Couve, allí me encuentro con un gran pintor ovallino Manuel Veliz, y tiempo después Don Sergio compra 4 libros de dicha exposición , y lo entrega uno para su hija Gregaria Larrain , Rebeca Miranda , Oscar Gatica , y el otro para El, una joya en edición y contenido,

Capítulo Cuatro

Transcurre el tiempo, se continúa en la villa los naranjos parte baja, en el Centro Deportivo Luis Jure, continúa el ir y venir de tantas personas, El asiste el segundo Martes de cada mes.
Don Sergio continúa imprimiendo sus textos del Kinder, gracias a un fotógrafo Luis Poirot, quien le regala un libro de tamaño pequeño, a El le gusta y comienza a imprimir sus textos en LOM Ediciones, El envía a imprimir como 11 textos, allí se hace amigo, aunque nunca se vería con Elizardo Aguilera, también sería parte del El Sol de los Talleres, el vendría tiempo después en el año 2012, allí Don Sergio ya no estaría, En esta fecha Julio del 2012 también se encuentra Maribel Alejandra Cortez Chandía, quien conoce a Elizardo y su familia , Claudia Aguilera Monjaret, y su hijo Luciano nieto de Elizardo , entre todos vamos a visitar a Don Sergio a su casa eterna , en 2013 Claudia nuevamente llega a Ovalle, para asistir al Kinder Planetario Yoga Artesanal Ovalle y sube hacia Tulahuen , a ver de nuevos esas cumbres maravillosas, sus montañas, y ese gran Río Grande que baja desde las altas cumbres
Volviendo a la vida de El , comienza a buscar una ermita, con su fiel mediero, amigo, que El lo consideraba parte de su familia Aroldo Villarruel, en caballares, recorren las cordillera de los Andes en busca de la ermita.
En Ovalle se continúa sembrando textos, y su Imprenta artesanal, continúa, dando vida a más ejemplares, de tapa blanca, con una introducción que siempre decía Adorando a Dios, o Alham du lilah, las matrices se confeccionan en la más mínima sobriedad, en una máquina de escribir, con cinta de algodón, allí las teclas pequeños soles de marfil blanco, acariciaban con sus letras lanzadas con sus largos brazos, a través del impulso del alma, allí el papel rectangular, espera el verbo sanador, cristalizar la palabras, para que ese instantes perdure para la eternidad, luego con un plumón, se completaban las palabras sanadoras, y allí estaba la matriz ,
Luego La Matriz mandadas a fotocopiar, y en ediciones mínimas, para ser el segundo trabajo encuadernar esas pequeñas joyas albas, como estrellas en estos cielos de las altas cumbres de Tulahuen.. y si se mantenían por su calidad, aumentaba su tiraje a 10 ejemplares, el revisaba, siempre todo el material, y si continuaba en la viña, se enviaban a LOM a imprimir ediciones de 1000 ejemplares, que El lo obsequiaba, a quien se se cruzara en su camino.
Cómo continuar escribiendo si su ausencia duele , sé que no existe la muerte, su legado continúa vivo , a través de nuevos compañeros que llegaron después de su partida, Luz Veronica Jofre Diaz, Sebastiàn Alfaro Robles, Fernanda Pasten Flores, Nataly Rodriguez Godoy,Cintya Olivares Romero, Marcela Valenzuela Cofre, Angelo Parada Adaros, Alvaro Cortes Toro, y tantos más que le han dado. Al Kinder Planetario Yoga Artesanal Ovalle, nuevas fuerza para continuar, a pesar que nuestro Maestro, partió a unirse con La Luz Cósmica .
Somos hijos del rigor, El nos legó su sabiduría, nos dejo en este velero de papel, en este mar sin océano , en este mar imaginario y eterno
Alham du. Lilah
Don Sergio, gracias a Uds somos lo que somos

martes, 16 de mayo de 2023

En un sofá , bese.
tus labios sensuales
de rojos pasional,
eres fruto prohibido,
Me refleje en tus ojos
de verde esperanza,
Cogí tus pechos
suavecito despacio
bese tus pezones
de mujer jovencita,
en mi neuronas,
vi y palpe tu piel
de fruta prohibida,
Solo ví ah diosa
solo unos minutos
mis dedos deseoso
de ti mujer no exploré
tus llanuras bajas.
Fue real sentí, que tú
también recuerda.

jueves, 27 de abril de 2023

SATORI

Los maestros del Zen utilizan la palabra satori para describir un relámpago de comprensión, un momento de no-mente y de presencia total. 
Aunque el satori no es una transformación duradera, siéntete agradecido cuando llegue, porque te da a probar la iluminación.
De hecho puedes haberlo experimentado muchas veces sin saber qué es y sin darte cuenta de su importancia. 
Se necesita presencia para ser consciente de la belleza, la majestad, la sacralidad de la naturaleza.
¿Alguna vez has contemplado la infinitud del espacio en una noche clara, sobrecogido por su absoluta quietud y su vastedad inconcebible? 
¿Alguna vez has escuchado, escuchado verdaderamente, el sonido de una quebrada en el bosque? 
¿O el canto de un mirlo en un tranquilo atardecer de verano? 
Para ser consciente de tales cosas, la mente debe estar quieta. Tienes que dejar por un momento tu equipaje personal de problemas, de pasado y de futuro, así como todo tu conocimiento; de lo contrario, verás sin ver, oirás sin oír. 
Se requiere tu total presencia.

Más allá de la belleza de las formas externas, hay algo más ahí: algo innombrable, algo inefable, una esencia profunda, interior, santa. Siempre y dondequiera que haya belleza, esta esencia interior resplandece de alguna manera. 
Sólo se te revela cuando estás presente. 
¿Podría ser que esa esencia innombrable y tu presencia fueran una y la misma cosa? ¿Podrías estar allá sin tu presencia? 
Profundiza en ello. Descúbrelo por tu cuenta.

viernes, 31 de marzo de 2023

No califico

Creía que calificaba, para un proyecto,para editar un libro, pero no califico, cuando ayudaron a los artistas en pandemia tampoco calificaba, ya me di cuenta, que no califico, quizás califico para wuewon, ya no buscaré postular, Dios me premio, pero no a postular, recuerdo cuando quería montar exposición, que pasó me pasaron $ 15000 gaste más en tiempo, pasaje y poner la cara.

Veran mi publicación por este medio, me retiraré de la farándula, tengo pendiente una exposición de que me comprometo a participar.

Para proyectos no califico, volveré a mi anonimato.
Ya me han dicho eres fome o naciste fome.

Estoy vendiendo los óleos que he comprado, vendere las pinturas, dejaré lo mínimo, la bombilla el mate, la yerba, algunos libros.

Hay proyectos buenos , recuerdo un amigo tenía un proyecto, era económico y visionario, pero tampoco no calificaba.

Pertenecía a un grupo , pero cinco eran los calificado, y el resto osea yo y otros palos blancos, que no calificaba para ganar y poder salir fuera del país.

Recuerdo la única vez que gane , pero no por proyectos, fue cuando saque el primer lugar en un concurso de pinturas del Limarii.

Seguiré por las calles mirando los cambios de luces, de colores, aromas, nutriendome de esta mágica ciudad.

No buscaré más ,postular o que te postulen a llamado de concurso, creo que no estoy calificado para eso.

Ya mis cabellos son de plata, pero en mis neuronas hay musas, que quieren escapar a mirar los atardeceres, en las noches la bóveda con billones de estrellas sobre mi cabeza.

Vincent Van Gogh vivió sufriendo, pero sus pinturas son obras de artes, Paul Cezzane sufrió en su vida de artista, Pedro Luna, cambiaba sus óleos por un plato de comida, ellos tampoco calificaban.

No califico, volveré a mis cauces, buscaré el presente por los caminos de pavimento grises o tierra con greda, arena, piedras, verdes prados, o prados resecos.

No califico, miraré las amenecidas, los crepúsculo, y en la noche miraré las estrellas.

Mirares una rosa en un pecho, mirare unos ojos de un color entre violeta, verde claro, un color que no conozco, miraré  unos labios de Rouge rojo de pasión.
Veré navegar en un océano un delfín solitario, en una geografía  de mujer.

Páginas amarilla.
Gatica Araya.

lunes, 20 de marzo de 2023

Hotel Roxy

Relatos ciudadanos.

Don Amador Daire, en libertad entre Coquimbo y Arauco, dueño del Hotel Roxy, si hotel es un oasis en medio de la ciudad, de baldosas de dos tonalidades y sus pieza y aquella años Parra ,con unas columnas y sus maderas, en qué colgaban esas uvas, manjar de esta zona, dónde la señora Norma hacia niñitos envueltos, y el mono se columpiaba, tardes enteras, y los parroquianos sentado bajo aquellos parrones.

 En aquel lugar ocurrió una historia un Fotógrafo en retiro, con su pequeño hijo, Karina & Pablo y su mono, y el Príncipe Faruk.

8 de la mañana en la radio emisora Norte Verde , se escucha una frase " pon tu mano en el receptor la otra en tu dolencias, tus males de sanarán, ten fe amigo radioescucha. 

Marianela, con su radio Sony, a pilas everady, tiene fe, en este charlatán de pacotilla.
El Príncipe con la uña de la gran bestia ,que era en realidad una pata de gallina.
Marianela tenía mal de amores, su manos palpaba sus senos de gran tamaño , sentía latir su corazón. Ella belleza de la serranía Limarina, es moza de piel de angel en la tierra.

A las 7.15 hace parar la góndola desde los mantos , al mercado municipal, Ford Azul con un tigre, es la micro de Jorge Roco, en dos aviones sube Solencio, con un canasto con una pareja de pavos, llega a la capital Ovalleeee  desde el mercado sube por calle independencia,  luego gira a su izquierda y esta calle Arauco,  por esa calle esquina Mackenna un señor bonachón le ruega, que le compre un par de calzados, el continua,l.
 En El Quijote , va a tomar desayuno un par de huevos en una Paila enlozada, con pan batido, paga su cuenta, sus pavos ya están aburrido en aquel canasto.
Camina por calle Arauco y llegando a Libertad gira a su derecha y ve frente a él El Casino Olmedo llegan a sus recuerdos aquellos helados naturales de canela.
El letrero que indica Hotel Roxy, hay un letrero de bronce con letras negras, todo está en dos tonalidades, con olor a pintura fresca, le preguntan si busca alojamiento para ese par de pavos, Solencio suelta una risotada , está Doña Karina y Pablo.
El portero llama a la Sra Karina y le dice Ñora le traiga los pavitos por la deuda, ñ ella pregunta están gorditos, pesan más que sus vaticinó,  aún espero a la peuca.
Ella llama a Pablo que estaba mirando el mono, y El Príncipe Faruk, asolea las garras de la gran bestia.
Envían a Pablo a comprar vino y otros ingredientes al mercado, y le manda a pedir un par de empanadas a un pequeño negocio de Los Italianos
.Mi abuelita del campo estaba enferma de la guatita con diarrea y mi abuelo le gritaba ¡ vieja ven, pone la mano en la radio y la otra en el poto! Haber si te mejoras como dice el  príncipe Faruk. 

El monicaco se asolea, hay abierta la ventana de Juan o John Klausse, en la mesa varios cheques de varios pesos, el mono de arranca con los cheques de goma por techumbres céntrica.
Continuará
Al regresar al dormitorio, Michael se sorprendió de encontrarlo completamente  a oscuras. Las ventanas estaban cerradas del todo. A tientas, se acercó a la  cama y notó el cuerpo de Apollonia debajo de las sábanas. Se desvistió y se  metió en el lecho. Alargó una mano y tocó una piel desnuda y sedosa. Era  evidente que Apollonia no se había puesto el camisón, lo cual encantó a  Michael. Lentamente, con sumo cuidado, puso una mano en el hombro de ella,  para que se volviera hacia él. Ella giró sobre sí misma muy despacio y los  dedos de él rozaron un seno suave, pleno. Michael la tomó entonces con  fuerza entre sus brazos, mientras le daba un profundo y apasionado beso en la  boca.  

La carne y el sedoso cabello de Apollonia, que mostraba un súbito entusiasmo,  lo envolvieron en un frenesí tan erótico como virginal. Cuando Michael la  penetró, ella soltó un grito ahogado, permaneció quieta por un instante y a  continuación empujó la pelvis contra él y le rodeó la cintura con las piernas.  

Cuando ambos alcanzaron el orgasmo estaban unidos con tanta fiereza, y  presionaban el uno contra el otro con tanta violencia, que al separarse sintieron  un temblor semejante a los espasmos que anteceden a la muerte.  

En el curso de las noches y semanas que siguieron, Michael Corleone  comprendió el motivo por el cual los pueblos socialmente primitivos concedían una importancia enorme a la virginidad. Fue un período de sensualidad y  sentimiento de poder masculino que nunca antes había experimentado. En  aquellos primeros días, Apollonia se convirtió casi en su esclava. Existiendo  confianza y amor, la conversión de una muchacha virgen en “mujer” es algo tan  delicioso como una fruta en su punto exacto de madurez. 

El Padrino, de Mario Puzzo